Mi primer encontronazo con el trabajo del escultor italiano Matteo Pugliese fueron sus bichos. Bichos, insectos, animalitos reptantes: unas cosas pequeñas y repugnantes en la vida real que el había esculpido hasta dotar de un significado místico, con esmaltes tan brillantes que resultaba casi imposible no desear alargar la mano y acariciarlos. El detalle en la creación de los insectos, la fragilidad de sus pequeñas patas, la verosimilitud con el esqueleto real mezclándose con el aspecto casi sagrado que transmitían, como si fueran reliquias, hace pensar en las joyas de escarabajos de los faraones egipcios, hace pensar en maestría y cantidades inusitadas de talento. Solamente con unos insectos.

© Matteo Pugliese

© Matteo Pugliese

El talento de Pugliese es algo que queda abrumadoramente patente en sus figuras humanas, sin embargo. La modulación de los músculos, la belleza que respeta profundamente el cánon, el realismo, lo suave que parece la piedra bajo su cincel, hace pensar que Matteo aprendió a esculpir en el estudio de cualquier artista de la Grecia pre-cristiana. Pero no es solo belleza ni precisión con la escápula lo que transmite su obra. Sus esculturas parecen siempre sólo a un par de minutos de distancia de descolgarse de las paredes y echar a correr. Sus expresiones tan vívidas, sus gesticulaciones elevadas al cielo, su expresividad congelada. Las partes del cuerpo que les faltan, las ganas de echar a correr. Matteo Pugliese crea un retrato brutal y sencillo de la angustia, de las personas, de estar vivo, y lo recubre de belleza, de la misma forma que copia las patas de los insectos, las patas horribles que trepan y arañan y asquean, con toda la similitud posible, y después las recubre de joyas. El desmembramiento de las figuras plantea la duda de si esa fuerza podrá correr sin piernas, o sin brazos. Y, también, de que es lo que somos cuando nos arrancan una parte, de qué es lo que nos falta.

© Matteo Pugliese

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© Matteo Pugliese

© Matteo Pugliese

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Enlace: www.matteopugliese.com

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