El diseñador Jaim Telias, nació en Chile y siendo aún un niño se trasladó con su familia a Israel. Allí vivió en un Kibutz, al aire libre, entre la naturaleza, divirtiéndose e inventando otros mundos que finalmente conectaron su vida al diseño industrial. En tierras israelíes, tras hacer el servicio militar, Telias estudió diseño y recibió una beca para un máster en Arquitectura de Interiores en el Instituto Europeo de Diseño, en Roma, colaborando luego con el arquitecto Massimiliano Fuksas, en la creación de la espectacular escalera del famoso edificio neoyorkino de Giorgio Armani emplazado en la Quinta Avenida. Actualmente, Jaim tiene 31 años, reside en Italia con su mujer y su pequeña Noa. Su vida es agitada e intensa, por lo general su rutina se inicia a las 6:00 am. Media hora en la ducha es un ritual constante, el momento en que ordena sus ideas, dibujándolas hábilmente con sus dedos sobre el vapor del espejo.

Apenas sale de casa -camino al metro- se coloca los audífonos, escucha música, contempla su entorno, los detalles, las cosas, la gente moviéndose, una imagen más que suficiente para generar extrañas composiciones en su cabeza. Entre ideas fijas palpitándole en las sienes, Jaim espera el tren en el andén mientras el ruido subterráneo abraza su lectura diaria. Sí, porque el vagón es su biblioteca, el lugar donde fantasea y concreta sus pensamientos, los que cobran forma en su estudio, un espacio que es para él un caos ordenado repleto de materiales, intentos, fracasos –buenos fracasos- y prototipos.

Ya en su oficina se desconecta del mundo hasta las 19:00 horas, para repetir su ecuación favorita: caminata + metro + casa. “No me importa si llueve o no, ese es el momento que vuelvo a la “realidad”, a mi preciosa mujer italiana y a mi nuevo amor y gran inspiración, mi hija Noa”, comenta este hombre de férrea voluntad que ha trazado su camino en la industria creativa en base a talento y esfuerzo.

Jaim, volvamos al pasado, desde pequeño has experimentado una vida muy versátil: hiciste el servicio militar en Israel e incluso pensaste en ser actor. ¿Cuándo tomaste finalmente la decisión de convertirte en diseñador?

En Israel, a los 18 años, durante mis vacaciones del ejército viajé a Chile a visitar a mi familia. Mi papá -que es médico- me preguntó lo que quería estudiar y cuando le respondí que quería ser actor, como te puedes imaginar, no estaba muy contento; entonces busqué una opción B y una tarde, antes de volver a tierras israelíes, un buen amigo me dijo que existía una profesión llamada diseño en la que construías e inventabas tus propias cosas. Yo estaba en éxtasis, era un oficio hecho para mí: podía crear objetos y de esa manera compartir un poco lo que me pasaba adentro.

¿Cómo te preparaste para postular a esta carrera aún estando en el ejército?

En Israel para entrar a la escuela de diseño industrial tenía que pasar varias pruebas de creatividad, entre ellas tenía que aprender a dibujar. Por eso en mis guardias nocturnas llevaba escondido un cuaderno y con la luz de mi linterna dibujaba. Mis primeras modelos eran recortes de revistas pornográficas rusas de mis amigos, así es que cuando terminé mi carrera militar postulé y en la entrevista final le dije al grupo de profesores: “Miren, no creo que sepa dibujar muy bien, pero en esta escuela o cualquier otra voy a estudiar diseño industrial, pase lo que pase”. Y bueno… me aceptaron.

Armar y desarmar objetos, reinventarlos y transformar su uso es una de las características más loables de tu trabajo. ¿Qué inspira la funcionalidad tan especial que poseen tus creaciones?

En mi vida personal me inspira mi hija. Ella me recuerda lo que significa mirar de verdad las cosas y descubrirlas. Sus expresiones de sorpresa cuando observa algo nuevo, me desconciertan y en cierto sentido la envidio. Me gusta mucho estimular su curiosidad y recordarme a través de ella lo que ya había olvidado.

¿Y en tu vida profesional?

Me inspira todo: las personas, los objetos comunes y las situaciones, pero principalmente la interacción entre ellas, una armonía inconsciente, una imperfección perfecta, micro universos de cosas y situaciones que se crean y disuelven constantemente.

Por ejemplo…

Una cosa tan banal como apoyar la bicicleta sobre un poste de luz. La persona se va, luego llega otra con su perro, lo amarra al poste por unos 5 minutos mientras compra el pan; otro pega un aviso de arriendo y en la tarde un desconocido en su corrida diaria se ayuda del poste para hacer su streaching. En realidad, son tantas situaciones, creaciones y usos inconscientes para las cosas que nos acostumbramos a no mirar, cuando al final de cuentas “ese poste” fue puesto allí para iluminar un pedazo de calle en la noche.

Entonces crees que tu capacidad está en observar los detalles….

Puede ser… o al menos intento crear situaciones, interacciones o micro momentos; diseñar cosas que son imperfectas, pero que pueden ser producidas industrialmente. Trato de crear un objeto y darle a la persona que lo compra la posibilidad de terminarlo o modificarlo. De esa manera puedo crear una relación más íntima con el usuario.

Lámparas, muebles, floreros y elementos arquitectónicos forman parte de tu actual portafolio. Hasta ahora, ¿qué proyecto te ha dado mayores satisfacciones?

Es difícil que me guste un proyecto definido, soy muy crítico con las cosas que hago, pienso siempre que puedo hacerlo mejor. Pero ahora decidí que en vez de quedarme perfeccionando una cosa toda la vida, simplemente diseñaré sin parar…

Tus diseños obviamente se desenmarcan de lo tradicional, algo que podemos observar en tu Naked Chair. ¿Cómo surgió esta idea?

Me acordé de un cuento de hadas danés escrito por Hans Christian Andersen, “El traje nuevo del emperador”, y me dije “sería increíble hacer una analogía en base a esa historia y lo que hoy ocurre con el diseño… idear una silla invisible, una silla que sólo los verdaderos diseñadores puedan ver”. La idea quedó latente y en agosto pasado estuve en Chile visitando mis papás. Durante un cumpleaños, un amigo me dijo que trabajaba para Gabriel Schkolnick, el famoso fotógrafo de moda. Cuando lo conocí le conté la idea, le gustó y me dijo, “Hagámoslo”. Le dije, bueno, pero, ¿cuánto me costaría? Y él me respondió: “Hoy yo por ti, mañana tú por mí”

El resultado es una presentación muy transgresora y artística, algo que también se repite en Olam…

Olam nació un sábado. Estaba trabajando en el mercado y vi que necesitaban apoyar una caja de frutas sobre una mesa, pero no había lugar. Estaban nerviosos y apurados, y el jefe sin pensar apoyó la punta de la caja en la mesa y por el otro lado puso el respaldo de la silla, y yo me dije: “Genial”.

Asimismo una de tus propuestas más interactivas y que invita al juego es la luminaria Alé…

Quería crear una lámpara distinta, en la que fuera imposible repetir la misma forma, pero que pareciera que todas son de una misma familia, así es desarrollé este módulo -muy industrial- que la persona compra y arma a su medida.

¿Qué te gustó de su proceso constructivo?

Sin duda la experimentación del material. Encontré láminas de madera muy finas para su construcción, pero cuando las doblaba el módulo se rompía. Necesitaba reforzarlas con alguna característica elástica, y ahí me vino la idea de un adhesivo, combiné la madera externa con este elemento de oro interno que le da flexibilidad al módulo, pero que al mismo tiempo, crea un precioso efecto de reflexión lumínica.

Según cuentas en tu website, hay una gran influencia Bauhaus y de origen nipón en tu portafolio. ¿Algún personaje al que admires?

Últimamente me influencian Ettore Sottsass, Martí Guixé, Jurgen Bey y el arquitecto – artista Gordon Matta-Clark, hijo del pintor chileno Roberto Matta.

También has experimentado en un ámbito como la arquitectura, colaborando con Massimiliano Fuksas. ¿Qué podrías contarnos de esta experiencia?

Fue muy interesante…

¿Por qué?

Porque ser aceptado en su estudio fue una odisea. Yo estaba en Roma en el master Arquitectura de Interiores y supe que el arquitecto Massimiliano Fuksas tenía su oficina en esa ciudad. Quería trabajar con él, así es que preparé un book de mis trabajos, pero no quería mandar un currículo y convertirme en una hoja más entre tantas…

Qué hiciste entonces…

Me enteré dónde tomaba su café en la mañana gracias a una “espía” -mi mujer- que trabajaba cerca. Una viernes en la mañana ella me llama y me dice: “¡Jaim ven corriendo. El arquitecto está tomando su café!”. Agarré mi book y salí corriendo, llegué al bar y esperé afuera; apenas él salió lo saludé y le dije: “Arquitecto Fuksas es un gran honor conocerlo, soy Jaim Telias y quiero trabajar en su estudio, incluso si tengo que empezar limpiando el piso…” Él me miró, pensó un segundo y me dijo que llamara a su oficina; estaba seguro de que había perdido la oportunidad, pero igual lo hice y me reuní con él el lunes. En la entrevista me preguntó: y bueno Jaim Telias ¿cuándo puedes empezar a trabajar?. Yo le respondí: “Mañana”. Y así sucedió todo…

No había nada que perder y ganaste la posibilidad de trabajar en un proyecto como el de Armani 5th Avenue, una tienda absolutamente inspiradora…

Sí, el proyecto Armani fue genial. Llevaba un mes y llegó el encargo de este “concept store” en Nueva York. Habíamos recibido los planos, era un gran rectángulo y el arquitecto sabía que quería conectar el recinto con una especie de escultura…

¿Y cómo resolviste tal reto?

Antes de la entrega del concepto a Giorgio Armani, estaban todos muy tensos. Massimiliano me llama y me dice: “mira, quiero algo así”, hace una mímica de la forma con sus manos y yo sin saber cómo reaccionar, llamé a mi mujer y le dije: “Amore, esta noche no vuelvo a casa”. Me quedé en el estudio haciendo modelos en el computador, me inspiré básicamente en fotografías de humo. A las 4:00 am terminé el modelo tridimensional y lo mandé imprimir. A las 9:00 am el arquitecto entra, mira el modelo y dice “¡E Bellísima!”, desde ese segundo quedé encargado de la escalera del edificio Armani, que sería el elemento principal del volumen.

La escalera “es” el punto focal del interior, ¡un gran logro!. Pero dime Jaim, en este momento de tu carrera, ¿cuál es tu mayor ambición?

Simplemente que mi historia sea reconocida y apreciada y poder ganar lo suficiente como para seguir haciendo lo que me apasiona. Quiero tener un gran estudio lleno de máquinas raras y materiales extravagantes. Encerrarme allí todo el día sin pensar en otra cosa que no sea diseño. Quiero ser el Willy Wonka del diseño, el personaje del libro de Roald Dahl, “Charlie y la fábrica de chocolate”.

Y vas por muy buen camino. De hecho, has estado exponiendo tus productos en diversos eventos feriales. Entre tanta oferta y cotejando tus vivencias profesionales, ¿qué opinas del diseño chileno? ¿Qué falta para que logre internacionalizarse?

El diseño chileno no existe, está en pañales. No hay industria. Somos un país de materias primas y cultura retail; el diseño viene de afuera y quizás el único ejemplo de diseño chileno sea la silla Valdés. En cuanto a los jóvenes, hay algunos emergentes que tienen buenas ideas como Rodrigo Alonso, Gt2P y House of Andes, pero de momento la escena debe madurar, necesitamos una espalda que nos sostenga y nos ayude sacar las cosas adelante.

¿A quién propondrías para lograr tal cometido?

Cuando estuve exponiendo en Milán me encontré con el chileno Andrés Fredes, a él se le ocurrió hacer una recepcion para los jóvenes diseñadores chilenos en el estudio de la arquitecta Cecilia Kramer. Esa fiesta nos expuso y fue muy lindo ver a chilenos juntos en Europa soñando en grande. Creo que alguien como él es necesario para internacionalizar el diseño nacional, al final de cuentas de eso se trata: visión y muy buenos contactos, sumado a un trabajo coherente y de gran calidad que hace el resto. No conozco a nadie en Chile que sepa el pulso del diseño internacional como Andrés, me encantaría que pudiera tomar la escena, pues de seguro llegariamos muy lejos…

Enlace: www.jaimtelias.com

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