Abel Azcona (Pamplona,1988) es un artista multidisciplinar ligado especialmente al arte de la performance aunque explora otros medios como la fotografía, el video, la instalación y la escultura. Su obra se puede dividir en autobiográfica y crítica. La autobiográfica, le sirve de autoconocimiento para indagar en su infancia marcada por experiencias de abandono y maltrato infantil, siendo su madre biológica un referente clave en todo su proceso de creación artística. La crítica, aborda temas como el feminismo, la sexualidad, las desigualdades, la política o la religión, la misoginia y las ideas preconcebidas sobre el papel del hombre y la mujer, buscando poner en evidencia estos temas en la sociedad. Azcona es conocido por abordar el dolor y la resistencia física, sometiéndose a azotamientos, intoxicaciones, agresiones y diferentes torturas, tanto físicas como psicológicas y no duda en enfrentarse a sí mismo afirmando que cuando el dolor interno es tan fuerte, el externo desaparece. Es considerado uno de los mayores exponentes del arte del performance en la actualidad y su obra ha sido expuesta en diversos museos, centros de arte contemporáneo, galerías y espacios artísticos de más de veinte países en América, Europa y Asia.

© Abel Azcona

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¿Hasta qué punto el Abel Azcona artista está influenciado por todas sus vivencias desde que tiene recuerdo hasta la actualidad?

No creo en la palabra pasado. Porque el pasado no existe. Todo lo vivido está presente y nos acompaña hoy. En mi piel y en mi mente está presente cada herida, cada abandono y cada lágrima. Creo en el arte como herramienta catártica, pero para eso hay que ser sincero con uno mismo y concebir y asumir todos los traumas y heridas que construyen nuestro yo. El arte no cura pero cose, coloca y sostiene. Al ser una herramienta de investigación, acaba siéndola de autoconocimiento. Cada abandono, cada grito, cada golpe están en mi mente en el momento que mi cuerpo expresa lo que siento. El ser humano tiende a borrar forzosamente el pasado doloroso, a engañarse, a convertirlo en tabú, pero el pasado siempre vuelve con fantasmas. Hay que aprender a vivir con ellos y a hacerlos presentes. Mis fantasmas protagonizan conmigo cada una de mis obras. Mi obra suele dividirse muy claramente entre lo íntimo, personal y biográfico y lo crítico. Creo necesario jugar con la ambigüedad en la creación. Utilizo el arte como mapa de coordenadas en la vida, haciendo un paralelismo total entre vida y obra. Ya que el arte contemporáneo lo concibo como un herramienta de crítica, pero también una herramienta de autoconocimiento que pone en cuestionamiento reflexiones de la sociedad a la que hacemos parte. De alguna manera expongo mi mundo interno e invito al espectador a formar parte de él. Mi obra explora mi infancia marcada por experiencias de abandono y maltrato infantil. En muchos proyectos es mi madre biológica, referente clave de mi experiencia y por tanto de mi creación artística, la protagonista. Creo en el dolor como base de creación, el sentimiento de abandono experimentado por primera vez por parte de mi madre, quien ejercía la prostitución, así como mi paso por diferentes centros de acogida, instituciones mentales y diferentes familias, son determinantes en la forma en que yo me expreso. Mi vida y mi experiencia están unidas a mi creación.

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¿A qué edad despertaron tus intereses artísticos? ¿Crees que el artista nace o se hace?

Cada hombre es un artista. Como decía Beuys, en cada hombre existe una facultad creadora. Personalmente creo, que la con la necesidad de hoy, de tener memoria de poseer una capacidad regeneradora nos obliga a que nuestra espíritu de creatividad esté latente. En mi caso, siempre he crecido con el arte cerca, aunque más por mi propio interés que por el entorno. En una infancia caótica siempre me interesaba las artes plásticas o escénicas como modo de escape. Creo que la creatividad posibilita crear un mundo paralelo, y en mi caso era necesario tener ese mundo para poder resistir este. Con los años he conseguido romper ese mundo paralelo y traer todo lo que me atraía y ayudaba de ese otro mundo, al presente. Ya no tengo necesidad de vivir mundos diferentes, vivo este mundo y lo construyo como me conviene. Y si es con la necesidad de salir a la calle desnudo lleno de sangre menstrual, como en un trabajo reciente, así será. El arte libera.

© Abel Azcona

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Aunque trabajas desde un punto de vista multidisciplinario, es con la performance con la disciplina con la que tienes un vínculo más especial. ¿Por qué motivo/s?

Creo que el arte tal y como se conoce, ha llegado a un término, toca a su fin y ahora está comenzando un periodo en que asoma la necesidad de un arte político y social. Mi hiperactividad y compulsividad han hecho que sea un sujeto con la necesidad de crear en cada momento. Más aún cuando las heridas, el abandono y las experiencias dolorosas son mi fuente de inspiración. Estos sentimientos vienen sin ser llamados y el arte corporal me da respuestas mucho más rápidas. Mi dolor y el espectador únicamente están separados por mi piel. Por eso mi piel y mi cuerpo deben trasmitir lo que siento, lo que vivo. De alguna manera creo, que el performance es la madre artística, porque es el arte del proceso. Y todas las disciplinas artísticas necesitan un proceso para ser llevadas a cabo. Nosotros, compartimos en muchas ocasiones ese proceso más allá de nuestro estudio. Directamente en los museos, galerías o en la calle. Es un grito de intimidad. En mi propuesta artística siempre fusiono arte y vida, por eso muchas veces no busco producir obras, sino acciones o performance que deben concebirse en términos de un proceso continuo, en las que los objetos se convierten en documentos depositarios de la memoria de dichas acciones. Quiero tener con cada uno de mis proyectos y con el espectador, un proceso de intimidad. Sea abordando el dolor o resistencia física, intentando utilizar el dolor como herramienta para empatizar con mis propios sentimientos y mis propias experiencias en la infancia y la adolescencia o abordando temas como el feminismo, la sexualidad, las desigualdades, la política o la religión, y buscando poner en evidencia estos temas en la sociedad.

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¿Cuándo y cómo nace el proyecto “Confinement in Search of Identity”?

Como muchos de mis proyectos nace, mientras vivo otros. Como alargamiento o necesidad de reflexión de trabajos anteriores. Nace en la Galería Santa Fe de Bogotá en el primer encierro junto artistas locales de Colombia. Cuatro días encerrados, día y noche en una galería. El segundo “Confinement” lo comparto con la artista portuguesa Regina Fiz Santos, es algo más íntimo y complicado al ser un espacio más pequeño y estar compartido por dos desconocidos. El tercero es “Dark Room”, sobre el que hablamos, sesenta días de oscuridad. Y el proyecto continuará de momento en Septiembre en la ciudad de Lyon. Es una exploración de mi mismo en situaciones límite en cuanto a la privación de libertad. En muchos casos con escenas vividas en mi mente sobre este tema en mi infancia. En otros casos por una necesidad de crear un “tiempo a fuera” y poder construir desde otra perspectiva que mi caos mental. La humanidad está podrida de base desde que nací, crecí en esa podedumbre y elegí el arte como maquillaje y como arma de reflexión, conseguir generar un debate hoy en día con una obra, en este caso concibo más “Dark Room” como una exploración, no debería ser necesario, debería ser obligatorio en lo que yo entiendo como arte contemporáneo.

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En el tercer encierro “Dark Room” querías encontrarte a ti mismo desde cero así como perder la noción del tiempo y de tu propio yo. ¿Lo conseguiste?

Un sujeto como yo, con problemas a diario en cuanto a establecimiento de vínculos, de capacidad de empatía e incluso con rasgos más complejos de enfermedad mental no tiene la posibilidad de tener la mente en descanso total nunca. Buscaba esa hibernación, no solo de un cuerpo, sino también de una mente, de unos recuerdos, miedos y todo lo que llevo en mi “mochila” personal. Conseguido, cuando el cuerpo no recibe estímulos, la mente acaba no generando nada, más que simple instinto animal de supervivencia. Hoy en día a una gran parte de la sociedad le sería muy necesario una temporada de “hibernación mental”.

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¿Qué ha sido lo más impactante o difícil de olvidar que has experimentado durante este último encierro?

Lo más difícil ha sido el no olvidar. El haber terminado un encierro en el que se ha conseguido el objetivo de no consciencia mental, pero que a las 24 horas de abandonar el espacio los fantasmas hayan vuelto. Mis fantasmas, miedos y heridas son parte de mi mismo y de mi identidad. Siempre he construido desde mí como desecho y seguiré haciéndolo.

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¿Qué nuevos proyectos podremos ver pronto?

En una semana viajaré a Lyon, a la Galerie Des Pentes y con motivo de La Biennale, realizaré un nuevo “Confinement” esta vez habitando un contenedor de basura durante nueve días. De Lyon expongo en París y Berlín. Seguidamente varios proyectos colaborativos con el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, Etopia Zaragoza o la Universidad Pública de Navarra. Entre Octubre y Noviembre presentaré nuevos proyectos sobre sida, prostitución y adopción entre Madrid, París, Buenos Aires y Berlín. Y acabaré el año en una gira por galerías y museos en la ciudad de Atenas.

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